
TestimonioTORIBIO GONZALEZ (MJCC)« La tierra queda muerta después del soja » « Mi nombre es Toribio Gonzalez. Tengo 29 años. Pertenezco al Movimiento para la Juventud Rural Cristiana (MJCC). Vivo en el Paraguay, en el quinto departamento de Caaguazu. Soy hijo de campesino y como mis hermanos y hermanas, siempre viví de la tierra. Empezé a trabajar ayudando a mi padre que compartía veinticinco hectáreas con otras doce familias. Cultivábamos en esta época maíz, yuca, papas, « porotos »…Era cultivo de autosubsistencia. Hacíamos crecer también un poco de algodón y de caña de azúcar para la venta, y mi hermana se encargaba de vender nuestra producción. Por lo menos hasta que se casó. Después, tuvimos que hacerlo nosotros mismos y hacer algunas veces más de doscientos kilometros hasta Asunción, la capital, para vender en los mercados. Sin ninguna garantía de poder despachar nuestra mercadería. Por lo demás, no era raro perder la mitad de nuestros productos. Todo eso, para decir que las condiciones de vida eran difíciles a pesar de todo y que cuando la oportunidad se presentó de tener mi propría tierra, no vacilé. En julio del 2000, la Federación Nacional Campesina me propuso ocuparme de un terreno situado a 185 kilometros de allí. Así que dejé los míos a la edad de 24 años para ir a instalarme con otras setenta y ocho familias en la comunidad « Juliana Freita ». Cada familia disponía de diez hectáreas para plantar yuca, maíz, algodón… Las condiciones eran ideales para trabajar y vivir bien en estas tierras. El problema, era que nuestro campamento era rodeado – mejor dicho cercado – por una propriedad grande en la cual se cultivaba soja de manera intensiva. Lo que quiere decir que se pulverizaba regularmente productos químicos muy tóxicos. Me acuerdo por lo tanto que estas subtancias quemaban todas nuestras plantaciones y que después de cada fumigación, yo mismo tenía que pulverizar agua sobre mis culturas para evitar que no sean totalmente destruidas. Estos productos químicos eran tan tóxicos que alrededor de nuestra comunidad, nada crecía. Pero lo más inquietante todavía, era que algunos niños empezaron a tener problemas de piel. Personalmente, tenía la sensación de vivir en una cárcel. Sobre todo cuando tenía que salir cada semana del campamento para ir a ejercer mi mandato sindical. En estos momentos, arriesgaba mi vida. Para alcanzar la carretera, era necesario pues atravesar la propriedad grande pasando por un corredor largo de … quatorce kilometros ! A medio camino, había un puesto de control guardado por policías y militares que decidían si, sí o no, podíamos circular. Los problemas empezaron verdaderamente en 2003, cuando denuncíamos las fumigaciones tóxicas. Hubo entonces frecuentes afrontamientos con los militares que no vacilaron a ametrallarnos. Perdimos dos compañeros y otros muchos fueron heridos. Claro, denuncíamos estos actos a los periodistas, así como los riesgos ligados al cultivo del soja. Pero nunca nada es publicado. A pesar de todo, es importante decir a la gente que el soja no nutre al pueblo, pero que al contrario lo empobrece. Porque la tierra queda muerta después del soja. » | ![]() |